lunes, 29 de julio de 2013

Seamos objetivos

Esta es la historia que más veces se repite: Un nuevo talento acaba de terminar su primer manuscrito. A continuación lo da a leer a algunos amigos y familiares. El resultado es que todos se fascinan con su historia. Con un poco de suerte te critican alguna cosa que aunque duele un poquito, nos empuja a darle una revisión. Salvo alguna excepción —conozco a una escritora que le pidió a su madre que leyese su manuscrito y al cabo de unas semanas le contestó: «¡Perdóname hija, pero este libro es una verdadera mierda!»—, casi siempre te dirán lo buena que es tu obra. La verdad es que a veces estas opiniones favorables hacen más daño que una buena bofetada en el momento exacto. Y lo digo porque la mayoría acabamos creyéndonos poseedores de obras estupendas que acaban enfrentándose al mundo editorial tradicional. Y este, más que una madre pueda hacer por su hija, no tiene piedad. La más mínima. Sin embargo esta escritora, pese a la bofetada de su madre, acabó publicando su trabajo. ¿Entiendes la diferencia?

Nuestras obras son siempre valiosas. De esto no tengo la más mínima duda. Lo que ocurre es que el mundo editorial posee unos criterios para validar un manuscrito, que es difícil que amigos y familiares, y mucho menos nosotros mismos, conozcamos. Debemos aprender.
 
Hace algunos años, cuando empecé, recuerdo que una profesora de un taller literario me comentó que muchas veces cuando leemos una obra que fluye tan bien, que se lee con facilidad y parece tan bien escrita y nos fascina, no es debido al talento de su autor. Aunque sin duda lo posea, más bien es debido a la cantidad de revisiones que ha sufrido. Es como una piedra que un escultor comienza a tallar: Cada día que pasa, cada golpe, la piedra va tomando más y más forma. Hasta que llega el día en que la verdadera imagen de lo que queremos contar, se muestra con la claridad necesaria. Y en este momento, nuestras posibilidades se han multiplicado. Lo que no queremos escuchar, es que en ocasiones, para llegar hasta ese momento, deben pasar años.

Por eso voy a terminar diciendo lo difícil que es valorar para uno mismo las posibilidades de su trabajo. Lo más importante es intentarlo las veces que sea necesario sin creerse el mejor, permitiendo que sea el tiempo, y los rechazos, sin desalentarse, unido al aprender cada día un poquito más, siempre sin perder el disfrute que debe suponer el escribir, lo que nos vaya mostrando cuánto falta y qué debemos hacer para que nuestro manuscrito se acerque a la puerta que nos brinde una oportunidad. Considero que toda obra la merece. Pero es el autor, considerado muchas veces por el editor como alguien ególatra incapaz de aceptar las opiniones negativas sobre su trabajo, el que debe entender que el valor de su obra depende muchas veces de su capacidad de ir creciendo con su habilidad para contar historias. Y crecer, madurar mejor dicho, va unido a nuestra capacidad de aceptar los momentos donde los resultados que vivimos no son acordes con lo que queremos. Ajustarnos a la realidad sin morir en el intento para superarla es la clave. Y aunque publicar siempre sea posible, no claudicar ante el rechazo y la indiferencia, no está al alcance de todos los nuevos autores. ¿Tú puedes?
La respuesta a esta pregunta, más veces de las que imaginas, responde a la duda de si puedes lograrlo o la tuya es una causa pérdida antes de que rellenases la primera hoja del papel en blanco.
 

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