lunes, 15 de octubre de 2012

Otra historia de un cruel rechazo editorial

Es el colmo. Desde hace días me escribe un autor con el que he mantenido interesantes conversaciones. Es un autor joven con varias obras publicadas; la última en América bajo un sello editorial importante y que funcionó bastante bien. Todo gracias a una agencia que le ayudó a este fin. Sin embargo, en los últimos tres años —ni más ni menos— se tomó muy en serio una nueva novela. Quiso hacerlo de forma profesional y se buscó a una correctora para que supervisase su obra. La trabajó, la revisó y la pulió al máximo. Todo con un enorme sacrificio como lo es levantarse a las 5 de la madrugada o dormirse a las 3 para poder compaginar vida social y laboral. ¿Cuál creeis que fue el resultado?

Previamente había enviado un fragmento a su agencia. Le respondieron que les interesaba y que tenía muchas posibilidades. Una vez terminado, lo envió y pasó al incómodo tiempo de la espera. Se hizo eterna. La agencia a la que pertenece le dijo que estaban saturados y que un crítico externo de confianza lo leería. Pasaron un mes, dos y hasta tres meses del plazo previsto. En ese momento se decidió a escribir y..., lo rechazaron. ¿Qué le dijeron?

Su agente le respondió —sin ningún miramiento— que lamentablemente no podía representar el trabajo. A su pregunta si podía ver el informe le aclararon que era confindencial. ¡Increíble! Su propia agencia impidiendo conocer el problema de su trabajo. Todo esto sabiendo que tiene sus derechos cedidos a esta agencia por dos años (le quedan seis meses). Es decir, no puede ni autopublicar ni firmar con nadie más sin consentimiento de su agencia. Se sintió atado de manos y piernas.

Ante su lógica insistencia, acabó por recibir un comentario que decía que no iban a trabajar una obra que no les gustaba, y que el trabajo contenía un mensaje demasiado materialista, confuso y que no encajaba. Se quedó de piedra. Había creado una obra con un enfoque espiritual que contiene un mensaje materialista. Es decir que escribió lo contrario a lo que pretendía. Y ni la correctora ni nadie que la leyó, se percató de este mensaje. Sin duda se debió sentir enormemente frustado. ¿Quien no?


Desanimado me escribió. Se sintió harto de este tipo de personas que aunque tengan el derecho a decidir lo que hacen con sus empresas, se olvidan que detrás de un libro hay una persona, con sentimientos, sueños y largas horas de trabajo. La correctora con la que trabajó le insistió que lo que decían era imposible. Le aseguró que alguien descubriría el trabajo. Que debía haber otro motivo para este rechazo. Él no entendía nada. La correctora le sugirió la idea de que con toda seguridad no lo habían leído. Lo alentó a no rendirse y le presentó a un crítico profesional-amigo que conmovido lo leyó. Lo puntuó con 8 sobre 10, destacando las grandes posibilidades. Destacó la profundidad del mensaje—nada materialista—, lo trabajado, lo entretenido y emotivo que era el texto. El crítico no pudo encontrar ese mensaje materialista ni confuso. Todo lo contrario. Se encontró con una obra respetable, que merecía el tiempo necesario y que destacaba en muchos sentidos.

¿Que creeis que hicieron con su trabajo en la agencia? ¿Lo leyeron? ¿A qué se debe?

En este momento le he estado ayudando un poco para buscar opciones. He intentado que no se desanime. Una agencia importante y una editorial han aceptado valorar el manuscrito. Esto también habla bien de la obra. Estoy tan impaciente como él de que lleguen buenas noticias. Si va bien, me ha prometido autorizarme a dar a conocer su trabajo.

¿Cómo creeis que acabará esta historia? Yo he leído el trabajo y apuesto porque terminará viendo la luz y —como otras historias conocidas que existen— acabará siendo conocida por sobreponerse a un cruel rechazo y llevará a estirarse de los pelos a la agencia. Se admiten apuestas...

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